Queriendo ser artistas porque el mundo no nos satisfacía, refugiados, guarecidos, escondidos quizás en la sensibilidad personal, en esa cualidad única que alguien habrá descubierto o remarcado para quedar bien, agazapados detrás de un personaje, o una tela, o unos acordes...
Queriendo ser artistas empezamos la tarea de crear. Y vimos, comprendimos, vislumbramos, la posibilidad de inventar y plasmar nuevas realidades desde la creación. Con la fuerza del descubrimiento ese mundo cobró dimensiones, colores, olores, fue poblándose con flora y fauna diversas que armaron todo un ecosistema artístico personal. La propia humanidad adquirió dentro de algo que podría ser el alma, cualidades bellas y elevadas..
Pero la burbuja creativa es frágil, es fútil. Es víctima del viento, de los caprichos atmosféricos. Es posible destinataria del fracaso, de la incomprensión, si ve la luz; y del enmohecimiento si se queda guardada. ¿De qué vale el éxito si lo otorga el mundo que no satisface? ¿De qué vale la creación si la aplaude el mundo que cierra los ojos que vieron la contradicción y ahoga las voces que clamaron por justicia?
Luego, un pequeño paso lleva a tomar los pinceles y pintar afuera mi mundo interior. Un pequeño paso: calzarse el personaje del mundo vislumbrado y sacarlo a tomar el colectivo, a comprar pan. Un pequeño paso, vivir la historia que escribí. Hacer vivir la sinfonía que se compuso en el ecosistema.
Lo que viene, entonces, es un pasito insignificante que no cambia nada. ¿O sí?