Ésta es la historia del gaucho de La Pampa, un personaje sufrido, triste y rebelde, destinado a vagar solo, siempre solo y perseguido hasta su oscuro final.
Bien ambientada desde el blanco y negro y la calidad de la imagen, que nos da la sensación de antiguo y melancólico, el vestuario y la música, esta película nos lleva a otro mundo, un pasado donde el campo era como un desierto iluminado sólo por la luna.
La dirección de arte y fotografía es lo más impactante, es como un personaje más, protagonista, se podría decir; lo que sostiene todo el film y hace que el comienzo sea fuerte e interesante. Con imágenes bellísimas y, sobre todo, cuidadas en detalle, como el reflejo en el movimiento del agua, la emocionante introducción vale por todo el film.
No se llega a la mitad de lo que dura y se torna algo densa. Algunos se acomodan una y otra vez en las butacas del cine, una señora decide abandonar la sala, el resto hace esfuerzo por atender, ya que este film lo vale. Se vuelve más activo en su segunda parte, con un final redondo, creándose un relato circular. Con muy pocos diálogos y mucha imagen que por partes se vuelve eterna, se trabaja a nivel experimental un estilo de cine, con primerísimos planos a los ojos del gaucho, planos largos bien panorámicos al paisaje del campo, sombras, claroscuros y un sonido detallista desde las pisadas hasta la respiración. La música es también un trabajo excelente que acompaña sutil y placenteramente el clima oscuro de este film extraño y despojado como el mítico gaucho. Un relato circular que cierra.
“Leí en algún lado que lo importante en la vida no es necesariamente ser fuerte, sino sentirse fuerte” Christopher McCandles
El film narra una parte de la vida de un joven de 24 años, Christopher McCandles, que tras graduarse de la universidad, dona los 24.000 dólares que tenía ahorrados y renuncia a todas las comodidades de la vida moderna para emprender un viaje que lo lleve a Alaska.
Sean Pean eligió una historia real para representarla en una película de tiempos extensos, paisajes de aventura y momentos de abrumadora intensidad.
Todos escapamos. A veces sabemos lo que no queremos "pero no lo podemos evitar". Esta película muestra la otra cara del agobio de la sociedad moderna, porque el protagonista acciona, decide. Decide escapar. Elige sumergirse en la voz más profunda de su realidad. Su familia: no lo entiende. La sociedad: no le propone nada anhelante. No ve futuro. Pero lo quiere ver. No sabe donde encontrarlo. Pero decide salir a buscarlo.
La película no es para cualquiera. Va a sorprender al que busca. Al que anhela. Al que no está parado. Al que está pensando demasiado y no está haciendo nada por lo que quiere.
La película me invitó a la aventura. Esa aventura de la vida, que lo puede todo. Christopher es un viajero solitario, como alguna vez lo fui yo, y así encontró el éxtasis y la redención, en su propia seguridad y sus propios deseos. Sean Pean muestra, con cautela, el poder del hombre, en la selva, en lo ajeno, únicamente logrado bajo la certeza de estar en el camino acertado. Algo que, en mayor o menor medida, a todos nos toca vivir. Salir a la calle, salir a ver qué pasa ahí afuera.
Creo que la gente quiere que algo en su vida cambie. Hay una escena que no puedo olvidar: El protagonista está observando el trote de unos ciervos. En ese momento él no tiene nada: su casa, a su familia ni a sus amigos. No tiene lo que tenía ni lo que estaba dado por supuesto que tendría. O lo tiene todo. Y entonces sale un destello de sus ojos, una lágrima de tranquilidad, una lágrima de impaciencia, un llanto a la vida, una sonrisa. Todo junto. Todo en ese momento.
No pude evitar sentir que eso era lo que él había salido a buscar. Su fuga tenía un motivo. Y en ese momento, en esa imagen, en ese rostro, entiendo que había llegado a concretarlo. Me cargó de energías, de una mirada al futuro.
Inmediatamente me arrebató un recuerdo flasheante: El de estar llegando a la inmensa ciudad de Río de Janeiro, montado en mi bicicleta a punto de romperse en mil pedazos. Esa exhuberante Babilonia gris iba a proponer una nueva dinámica a mi peregrinaje, pero también era la culminación del viaje, por fin la meta. Christopher tenía una visión. Una visión ciega en la que confiaba y yo, como espectador, también.
La película terminó. Dejé de viajar. Todavía tengo lágrimas en los ojos, y no sé muy bien porqué. Quiero contarles a mis amigos lo que vi. Me pregunto qué fue lo que vi. Una emoción inmensa se apoderó de mí. Quiero hacer algo. La vida está llena de cosas. ¡Tantos caminos! Salgo a la calle: es lo mejor que puedo hacer ahora.